Por supuesto, no se quieren suprimir ayuntamientos, ni diputaciones provinciales, ni mucho menos comunidades autónomas. Los yacimientos de empleo para los políticos son sagrados, sino ¿de que iban a vivir tantos inútiles?

Bankia, que es una de las entidades financieras que más hipotecas ejecuta, va a sanearse a cuenta, entre otros, del bolsillo de sus «ejecutados» sin que de momento haya comisión de investigación en el Congreso, y el PSOE reclama el pago del IBI a la Iglesia, después de haber votado en contra de que se retiren las subvenciones a los partidos políticos.

Tampoco pagan el IBI los sindicatos, los partidos, los colegios, las fundaciones, las mezquitas y sinagogas, la Cruz Roja y todas las demás ONG, las asociaciones sin ánimo de lucro y las federaciones deportivas, las cárceles, los cuarteles y las comisarías, amén de otros edificios como estaciones y sedes diplomáticas… En suma, aquí no paga ni dios, pero se exige con gran escandalera que lo haga la Iglesia.

El Atlético es un club maravilloso, dotado por Dios de una afición espectacular. Sufre, disfruta, siente. Neptuno, como los españoles, vive al día y genera un sentimiento incomparable. Ser del Atleti implica un estado de felicidad que acepta la derrota como parte del juego. Requiere ser rico de corazón. No vale cualquiera. Cuando las cosas se torcieron, oímos gritos durísimos contra el palco. Ahora, cuando triunfan, nadie los mira. Por eso, quizá contra corriente, quiero agradecerles lo que han hecho por el club y por el fútbol, desde 1992, cuando pusieron lo que nadie puso, hasta hoy que festejamos Copas de Europa.

En estos tiempos, uno de los insultos preferidos del matón verbal (matón de calle o red social) es el calificativo «fascista», que en su ignara boquita de piñón (de piñón fijo) suele sonar «¡facita!», como si se le hubiesen caído las SS al palabro. Por lo general, se llama fascista en España al que menos trazas de fascista tiene: al liberal, al librepensador, al libre, al que no tiene trono ni reina y, por tanto, nadie que lo defienda. No si es fácil encontrar una sociedad europea con tanta empanada mental respecto al concepto «fascismo» como la española.

¿Qué le sucede a un niño sobreprotegido? Que se convierte en un gilipollas, débil y, a la vez, dictador. En muchas familias españolas, por desgracia, los niños ‘exigen’ a sus padres. Es lo que les han enseñado, o consentido. Que tienen derechos pero no deberes. Además, la autoridad es de derechas. Abajo la autoridad de los padres y de los maestros. Claro que puede ser peor y en ello estamos. A fin de cuentas, las familias podrían enseñar cosas ‘subversivas’ al niño. Por ejemplo, ‘libertad’, ‘responsabilidad’, ‘esfuerzo’ ‘mérito’ y otras horribles palabras de la derecha extrema. Para evitar estos males, pasemos del paritorio a las manos protectoras del Estado benefactor. Directamente. En vez de un pan bajo el brazo, el recién nacido llevará un preservativo en una mano y un ejemplar de ‘Educación para la Ciudadanía’ en la otra.

Ni en la lista de los más ricos, ni en la de los mejor vestidos, ni en la de los más guapos, ni tan siquiera en la de los más influyentes… Tecleo mi nombre en google y no aparezco en ninguna de ellas. Para que luego digan que internet no es un fraude.

Basta con dejar suelto a un crio en cualquier pasillo de un supermercado para darse cuenta de que en realidad no son esos locos bajitos que nos quieren hacer creer sino unos psicópatas peligrosos de los que conviene alejarse si uno quiere conservar su integridad. Comprobado. Y no, no me gustan los niños. Y sus madres menos.

Estamos ante un panorama descorazonador de involución, de indefensión y desposesión de derechos fundamentales para una vida digna: alimento, educación, vivienda, salud, trabajo, opinión. Tristemente este es el diagnóstico de la España de mediados de 2012. Estamos pues en manos de mafiosos. Políticos mafiosos, empresarios mafiosos, banqueros mafiosos y periodistas mafiosos.

Nunca he sabido muy bien cuál es mi posición ideológica. No es un asunto que me preocupe. En todos los partidos hay algo que me gusta y algo también que me repele. Tampoco creo que sea cierto que, como dicen algunos, los seres humanos nos definimos ideológicamente en función de nuestra edad, optando por posiciones más conservadoras a medida que envejecemos. A lo mejor se refieren a que con los años perdemos una buena parte del ímpetu revolucionario de la adolescencia, tal vez porque nos damos cuenta de que a nuestras ideas les responde el corazón, pero les fallan las piernas.

Esta mañana el cartero me ha traído una certificación de Hacienda, y lo primero que me ha preguntado es ¿la va a coger?, pues al parecer hay mucho contribuyente que se niega a recibir las notificaciones fiscales, y esta forma de resistencia pasiva contra los “atracos” de la agencia me empieza a parecer razonable e incluso defendible. Cualquier día de estos les doy como nuevo domicilio el nicho que tengo comprado en el cementerio de un pueblo, y que me manden allí todas las notificaciones que quieran. Aunque, pensándolo bien, mejor no, no vaya a ser que lo embarguen, pues su voracidad es tan grande que no respetan ni a los muertos.

Miremos a nuestro alrededor y preguntémonos cuál es aquí la situación. Intentemos respirar metiendo las narices en el entramado falsamente democrático del sistema electoral y la organización de los partidos y veremos que nos hemos dotado de un sistema engañoso en el que se consagra con descaro la ventaja electoral de quienes detentan el poder. No nos engañemos. Aquí nadie ignora que la gente corriente lleva las de perder en una carrera en la que los privilegiados toman siempre la salida con un pie en la meta.

Ese supuesto pacto entre el fiscal e Iñaki Urdangarín para saldar el asunto con algo de dinero y un leve tirón de orejas al yerno del Rey, no me ha cogido por sorpresa. La verdad es que lo esperaba desde el primer momento porque era evidente que los círculos del poder siempre se las arreglan para que los pudientes conviertan el robo en un regalo. El señor Urdangarín reconoce su culpa, se ofrece a devolver una parte del dinero robado y los políticos que amparan la solución esperan que el ciudadano medio de este país aplauda con gozosa satisfacción, agradecido por la falsa gentileza del acusado. ¿Podría ocurrir algo tan esperpéntico como que el gesto de Urdangarín nos cueste otra vez dinero?

Alguien tendrá que pararle los pies a Angela Merkel y detener esta dinámica de terror a la que nos está sometiendo. La solución no puede concretarse en seis, siete, ocho o sabe Dios cuántos millones de parados, con nuestras industrias a cero, los servicios recortados o anulados y todos indigentes. ¿Es así como nos quiere la diosa teutona? ¿Está promoviendo una tercera guerra mundial, esta vez económica? Alemania habrá puesto dinero, pero su inversión ha sido correspondida sobradamente. Nuestro país está lleno de BMW, Audi, Opel, Volkswagen, Siemens, Bayer … Las máquinas de tren son alemanas, igual que los aparatos hospitalarios, medicamentos, plásticos y un sinfín de materias. Angela Merkel no puede desentenderse de que España es un mercado de 45 millones de personas. Nos hacen préstamos a unos intereses altísimos, incluso desproporcionados. ¿Para qué? Para que sigamos comprando sus productos.